Entre la complicidad que da el viajar, navegar en una lancha, el lanzamiento del sedal y del anzuelo, la contemplación de la naturaleza, la gustación del asado, la catación de una bebida, el goce de una fumada, el encanto de la fotografía, la eventualidad de un partido de fútbol o la simple excusa para el diálogo; un grupo de personas han hecho de la vida una aventura deliciosa, un encuentro efímero o eterno por reivindicar la amistad.
Estos expertos de la conversación le roban palabras al tiempo para filosofar bajo el manto de la noche, reflexionar en la soledad de la pesca mañanera, recapacitar entre las virtudes y pecados capitales, cavilar ante el chiste o la ironía, discurrir ante la vueltas de la vida, meditar entre la historia y el futuro, especular en el mundo del sentimiento y la fe o sumergirse en la construcción de castillos en el aire.
Tras sus obligaciones profesionales, siempre le sacan minutos a las horas para ejercitarse alrededor de sus costumbres favoritas: salir a pescar o comer un asado.
Pero quizá no saben que ese círculo vicioso semana a semana va dejando un gusto por el verdadero meollo de su necesidad: la fraternidad; que invariable, constante y robusta crece en el escondite espiritual del cuerpo, ésa que se evidencia al compartir una caña de pesca, en el consejo por la buena técnica, al regodearse por lo pescado o en la jodedera por los peces escapados y la pequeñez de la faena; también en la colecta para el asado, en la escogencia por la buena carne, en la técnica para el adobo, en la forma del soplado, en el punto exacto del chile, en la partición correcta del limón, en la preparación de la bebida, en el truco para el buen trago de vodka; en fin, la mesa está servida en la vida de estos sujetos, no importan como se llaman, ya sea que se crean irredentos, revolucionarios, quijotes, fotógrafos, faenadores, profesionales o filósofos; el libro de su destino les ha marcado un porvenir al cual no pueden escapar.
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